¿Alguna vez te preguntaste que tan cuerdo estas?
En un escenario de consultorio, habló el paciente
— Yo los escucho doctor. Se que se refieren a mi cuando hablan de “ese loco”. No entiendo que puedo estar haciendo para provocar semejante acusación en la gente que me rodea.
El psiquiatra acariciaba su calva cabeza y lo miraba de forma intimidante. Pasó su mano izquierda por su barba candado invadida de canas.
— Vamos a hacer un ejercicio — dijo el psiquiatra preocupado por no poder dar con el diagnóstico preciso.
El paciente estaba incrédulo de las capacidades del doctor. ¿Qué podía descubrir con su ejercicio? Él se sentía pleno. Sus cincuenta años lo habían alcanzado acompañado de su familia, con una fortuna importante y en perfecto estado físico. Por lo único que había acudido a la cita era porque a sus espaldas lo estaban tratando de loco, pero nadie se lo decía de frente. Los murmullos lo hacían dudar. ¿Será cierto?
— Me parece que ha sido un error venir al consultorio doctor, no siento que tenga nada para contar o aportar.
El paciente quería mostrarse sereno y cuerdo. A veces es necesario negar la realidad para sentirse cómodo.
El doctor cerró los ojos por un instante, armándose de paciencia ya que no podía perderse semejante desafío.
— Le propongo que charlemos un rato. Al fin y al cabo usted se puede ir con una confirmación de que se encuentra sano y yo con mi conciencia médica tranquila, los años de profesión me lo exigen.
— Ok, me parece lógico — Dijo el paciente —. decir la palabra “lógico” me hace parecer más cuerdo — pensó.
— Arranquemos entonces. ¿Está usted loco?
La pregunta lo dejó descolocado y algo ofendido al paciente.
— Por supuesto que no — dijo ofuscado.
— Entonces ¿por qué está aquí?— retrucó el doctor en tono desafiante y algo sarcástico.
— Ya se lo dije, escucho a la gente hablar de mi a mis espaldas, creo que me han puesto de apodo “ese loco”. Yo se que es así, cada vez que entro a una habitación se quedan callados.
— Osea que usted sabe que no está loco pero como los demás dicen que está loco necesita confirmación de si está loco o no.
El paciente rompió en llanto. Era un resumen exacto de lo que estaba pasando.
— ¿Cómo hago para saberlo doctor? he llegado al punto de la desesperación.
— ¿Y para qué querría saberlo?— el doctor preguntaba de manera punzante cual si fuera un abogado interrogando a un testigo.
— Para saber si lo estoy o no. — Respondió dubitativo el paciente.
— Pero si usted ya me dijo que sabe que no está loco.
— Pero los otros dicen que sí, y eso es un llamado de atención. — El paciente ya empezaba a enojarse.
— Si yo le confirmo que usted está sano… ¿El resto dejará de tratarlo de loco?
— No lo creo.
— ¿Lo ve? después de todo no hay que guiarse por lo que digan los demás sino por lo que uno siente.
El paciente lo miró fijo. Lo había dejado sin palabras.
— ¿Es usted exitoso?— preguntó el psiquiatra ante el silencio prolongado del paciente.
—Yo creo que sí.— Contestó entusiasmado.
— ¿Y cómo lo sabe?
— Tengo una familia que me quiere, mis colegas me respetan y mis amigos son compañeros de vida.
— ¿Y qué pasaría si todos ellos pensaran que está demente? ¿seguiría siendo exitoso?
— No lo creo.
— Hemos encontrado el primer problema. Usted mide su éxito no por su bienestar interno sino por la percepción que tienen los demás de usted.
El doctor buscaba incomodar lo más posible para descubrir las distintas facetas del paciente.
— ¿Y usted qué cree doctor? ¿Se puede ser feliz y exitoso sin el apoyo y reconocimiento de los que nos rodean?
— Es un buen punto. — Marcó el doctor, reconociendo que le gustaba como lo había retrucado. Hizo anotaciones en su cuaderno de cuero negro que incomodaron al paciente y volvió a tomar la palabra.
— Profundicemos en algunos temas, mencionó usted que tenía una familia que lo quería.
— Si, estoy casado hace treinta años y tengo tres hijos ya adultos.
— ¿Y su familia asegura que usted está cuerdo?
— Creo que sí.
— ¿Cree? no estamos frente a una situación de fe. Necesitamos certezas.
— La verdad es que no lo sé. A veces siento que me miran con lástima.
— Es común que nuestras familias sientan lástima o pena por nosotros aunque no nos sintamos mal. Solo estamos haciendo algo distinto a lo que ellos quieren.
— Eso es cierto.— Respondió el paciente. Puedo sentirme más juzgado por mi esposa y mis hijos que por cualquier otro. ¿Es normal?
— No lo sé, pero es común. ¿Su esposa lo considera sano mentalmente?
— Me parece que ella cree que siempre estuve un poco tocado, no sé si me entiende. Dijo sonriendo, pero no logró conmover al doctor.
— ¿Qué me dice de sus amigos?
— Con ellos estoy un poco dolido. Siento que me evitan y hablan a mis espaldas.
— Eso suele suceder.En muchos grupos de amigos el lleva y trae de comentarios es moneda corriente, como si fuera el precio de la amistad — lo tranquilizó el doctor.
— Estoy de acuerdo, pero esta vez es distinto. No me preocupa que me critiquen peró si que me traten como si estuviera cursando una enfermedad terminal.
— ¿Y por qué lo tratan así?
— No lo sé. Pero yo lo percibo así.
— ¿Y qué me dice de su trabajo? ¿Cómo es la relación con sus empleados?
— Con ellos tengo buena relación. Aunque en las encuestas anónimas dicen que tengo humor cambiante. ¿Debería preocuparme?
— Usted es humano. Nadie puede estar de buen humor todo el tiempo.
— Me deja más tranquilo, doctor.
— Tratemos de esbozar una conclusión— dijo el doctor con voz firme, bajando sus lentes redondos hasta la mitad de su nariz.— Es usted un hombre de cincuenta años, con hijos que lo quieren aunque pueden ser juzgadores de sus conductas, con una esposa que lo acompaña aunque cree que está medio loco, con amigos fieles pero criticones y empleados que lo respetan aunque no son muy fanáticos de sus cambios de humor. Hasta aquí es todo tan común y ordinario que llama la atención. Le diría que es un típica crisis de la mediana edad
— ¿Está queriéndome decir que estoy sano? ¡Yo lo sabía! no podrán tratarme mas de “ese loco”.
El doctor miraba hacia abajo en un silencio incómodo.
— Le cuento una infidencia — dijo el doctor —. Casi todos mis pacientes vienen con la duda de si están locos o no. ¿Cómo sabemos si alguien está loco? Eso varía mucho según cada persona y cultura. Grandes genios de la historia han sido tratados de locos pero en realidad eran adelantados, o más inteligentes, que la gente que los señalaba.
— En su caso, me queda una duda rondando por mi cabeza ya que son sus propios pares los que lo están dudando.
— No lo sigo doctor, ¿que está queriendo decir?
— Si usted parece cuerdo pero todos lo señalan como un loco. ¿tendrán razón?
— No me dijo usted que no tenía que guiarme por los comentarios de los demás.
— Es así, pero sus preguntas me hicieron dudar hasta de mí mismo ¿seré yo real o acaso soy producto de su imaginación?
El paciente cerró los ojos. Cuando los abrió, tenía sus manos apoyadas sobre la mesada del baño y el espejo le devolvía su propia imagen. Se sintió aliviado, como si se hubiera sacado una mochila pesada de encima al contar lo que le estaba pasando. Que liberadoras pueden ser las charlas con los terapeutas.



