Bitacora de un corto viaje por el Norte Argentino
Después de dos intensos días en Tafí del Valle, Tucumán, las dos familias cordobesas partimos rumbo al norte apreciando los increíbles cambios de paisajes.
Para llegar a Tafí, habíamos atravesado montañas selváticas que, de imprevisto, se transformaron en verdaderas praderas, con pastizales en tonos verdes y amarillos. Una vez llegados al pico más alto, el descenso nos sorprendió con un absoluto cambio. Solo se veía un horizonte desértico, pedregoso y plagado de cactus o, mejor dicho, cardones.
Frenamos a sacarnos fotos con el “Cardón Abuelo ” un espécimen tan antiguo y tan alto que ha provocado más leyendas que datos científicos. Lo que no puede discutirse es su presencia imponente, cual guardián de la zona. En el parador contiguo nos atiende una mujer simpática. Es petisa y de rasgos norteños. Mientras compramos cazuelas y fuentes de cerámica se la ve ansiosa por contar las historias del Cardón. Mira a nuestros hijos y les relata la historia, hablamos de que el cactus abuelo tiene precisamente 32 hijos y 40 nietos, ellos miran asombrados intentando contar los brazos del espinoso amigo.
¿Qué será un cardón entonces? Si o si hay que remitirse a las leyendas y es que no caben dudas de que se trata de indígenas que se convirtieron en plantas para así continuar vigilando los valles y montañas. ¿y cómo se convirtieron? esperando, mientras los españoles pretendían atacar la zona ellos se apostaron esperando que sus emisarios avisaran de la llegada para así realizar un ataque sorpresa. Pero la orden nunca llegó y ellos esperaron y esperaron hasta que la Pachamama los durmió y los captó como parte de ella misma, cubriendolos de espinas para protegerlos. Siguen al día de hoy esperando la orden de ataque que nunca llegó.¿No es increíble?
Seguimos camino comentando lo majestuoso de las vistas. No pudimos escapar de la provincia de Tucumán sin averiguar un poco más de estas fascinantes vidas. Frenamos en las ruinas de Quilmes. Los Quilmes rondaron los valles Calchaquíes desde tiempos precolombinos, resistieron durante años las invasiones españolas hasta que finalmente fueron abatidos y trasladados, a pie, hasta la provincia de Buenos Aires, como castigo por tantos años de resistencia. Las ruinas, con increíbles construcciones tipo pircas, denotan un lugar símbolo de la majestuosidad indigena y el sangriento enfrentamiento por conservar sus tierras.
El paisaje se fue transformando en rojizo mientras cruzábamos hacia la provincia de Salta. Sorprendidos por las vistas seguimos la ruta de bodegas, donde se puede apreciar un casco de estancia tras otro, seguidos de sus viñedos que terminan al “pedemonte” del cordón montañoso.
Almorzamos con vino tinto y blanco, acompañado de empanadas de carne cortadas a cuchillo, tablas de queso, humita y tamales. De postre pedimos peras al vino y quesillos con dulces de cayote.
El día parecía como de horas interminables. Nuevamente en los autos partimos hacia la famosa ruta cuarenta, en búsqueda del “hotel” que habíamos reservado. Finalmente los carteles empezaron a indicar haber llegado al poblado de San Carlos Borromeo, o San Carlos.
Las caras se transformaron, el pueblo parecía, a primera vista, derruido por el paso del tiempo. Precario, gris y lúgubre. La llegada a la hostería no fue mejor que eso. La casona tiene un cartel que reza “1815”, por engaños de la mente no pudimos apreciarla al instante. Las puertas de madera maciza estaban abiertas. Fuimos dos de nosotros a ver si realmente nos íbamos a querer quedar.
Al instante apareció Sonia, relajada a más no poder, con ojotas, calzas estampadas y una remera musculosa. Estas últimas, dos talles menos de los que probablemente corresponderia. Su presencia y personalidad dejaban notar que ella era “La Jefa”. Al instante se percató de nuestras dudas pero supo mostrar el encanto del lugar.
Los minutos pasaron y todo fue alegría por haber reservado semejante casona histórica. La fachada blanca, impecable. Con múltiples ambientes. Los pisos eran de ladrillo cuadrado, todo en una planta. Las habitaciones daban cada una a un patio interior decorado con vasijas, plantas y macetas. El estilo colonial era predominante, con bancos de madera, techo de barro y un cielo raso de cañas finas perfectamente hiladas.
La salida al jardín impacta por su imponente vista a las montañas que parecían caerse sobre la casona. Sonia nos cuenta emocionada la historia local.
San Carlos puede describirse perfectamente como el poblado que nunca fue, o que nunca fue lo que se esperó de él. Enclavado en el antiguo camino real, fue pensado como una gran urbe, donde españoles se asentaron e incluso los jesuitas pondrían bajo su órbita. La resistencia indigena fue tal que hubo que refundar cinco veces la futura ciudad, cuenta Sonia.
Frente a tantas resistencias, hasta los propios jesuitas abandonan la zona. Pese a ello San Carlos quiso ser nuevamente, incluso llegó a disputarle a Salta la capital provincial, pero otra vez se quedaría en el camino.
Tales eran las expectativas puestas en el lugar, que se construyó una gigantesca y opulenta iglesia, junto con una gran plaza central. El poblado fue levantado prácticamente al unísono, es difícil distinguir dónde termina una propiedad y donde comienza la siguiente. Siendo todas ellas bajas y de muros anchos de colores terrosos. Sospecho que las puertas de la mayoría de ellas jamás fueron cambiadas, todas de maderas macizas de colores marrones y verdes.
Caminando sus calles y sus antiguas esquinas, iluminadas por grandes farolas se puede sentir la nostalgia del lugar. Es la historia, no puede cambiarse. Justo cuando San Carlos parecía repuntar hacia el lugar que estaba destinada a ocupar, Cafayate, a tan solo 20 kilómetros de allí, se transformó en el epicentro del vino y la vid y en un paraíso turístico. Ellos, en cambio, pese a los escasos kilómetros de distancia se toparon con un suelo salitroso e infértil para la vid. Debiendo conformarse con producciones de vino mistela, que se propaga en cada jardín trasero de las casonas del pueblo.
Pese a ello se nos acerca Luis, marido de Sonia, orgulloso con un vasito en la mano de vino mistela hecho por él mismo. El sabor es de los más dulces que he probado, casi como tomar un vaso de miel.
Sonia continúa con su historia, fantasea con la presencia (muy probable) de Güemes en su casa. Y es que resulta que la propietaria anterior estaba casada con un allegado de alto rango del prócer argentino.
Así es la historia del poblado, donde todo se quiso pero no se logró en profundidad. Sus calles empedradas están inundadas en melancolía y su iglesia les recuerda el proyecto que les fue arrebatado.
Como turistas disfrutamos por un ratito de tan coloridos relatos. Hicimos fogones y jugamos a las cartas en los patios interiores. Dos días en el Norte argentino enseñan más de historia, costumbres y leyendas que muchas páginas de libros.

