Reflexionamos a cerca de la amistad y sus influencias.
Nada más difícil que definir la “amistad”, ¿por qué será? En parte se debe a que es un término tan subjetivo y personal que cada uno pone sus reglas y requisitos para considerar al otro como un verdadero amigo.
Ahora bien, ¿es necesario tener amigos?¿Somos más felices si tenemos amigos? Creo, sin lugar a dudas, que las respuestas a ambas preguntas serán afirmativas. Al menos en lo personal, considero que es una de las relaciones más sanas que se pueden tener.
“Nunca confíes en alguien que no tiene amigos” era una de las frases de cabecera de mi abuelo. ¿Tenía razón? me parece que sí, él rara vez se equivocaba dando un consejo. ¿por qué deberíamos relacionar la amistad con la confianza? uno puede suponer, al menos en un primer momento, que quien tiene amigos (reales) está acompañado de personas que creen en el, que puede practicar la paciencia y el perdón, que puede sostener relaciones personales en el tiempo, que acompañará en tiempos difíciles y se alegrará cuando el otro transite buenos momentos.
Siendo así, hay un tema a delimitar ¿qué es un amigo? o, más difícil aún, ¿quién es mi amigo? las respuestas pueden ser de lo más variado de acuerdo a con quien hablemos.
Hay quienes prefieren “catalogar” las amistades. Así, están los amigos del colegio, los del trabajo, los de la facultad, los del gimnasio, los del barrio, los del club, etc. Lo cual no tiene nada de malo. A veces compartimos distintas actividades e intereses o conversaciones con los distintos grupos. ¿Eso hace mas amigos a unos que otros? no lo creo, la mente es multifacética y necesita de la diversidad.
Otros tipifican la amistad según su antigüedad. “Somos amigos desde el primario”, “nos conocemos desde hace más de veinte años”, son expresiones comunes. Esta clasificación hay que mirarla con cuidado porque puede ser de doble filo. Por un lado, su aspecto positivo radica en el conocimiento cabal de esa persona, de haberla visto pasar por distintos estadios de la vida e, incluso, haberlos transitado juntos. Esta situación hace que la elección del amigo sea consciente y fuerte. Por otro lado, con una connotación negativa, muchas veces podemos vernos presos de amistades que ya pasaron largamente su fecha de vencimiento. Seguimos siendo amigos mas por “historia” que por convicción. Esto puede darse por múltiples factores, uno de los principales será la culpa. Nos sentimos culpables de desprendernos de relaciones de tantos años. No debería ser así. La culpa es una mala consejera.
La vida es un cambiar constante y en ese cambio no estoy obligado a mantener los mismos vínculos. ¿Eso quiere decir que tengo que pelearme con el otro o cortar relaciones? No me parece. Podemos recorrer caminos distintos y cada vez que nos crucemos reírnos de anécdotas o historias sabiendo que, quizás en este momento determinado de la vida no compatibilizamos de la misma manera. No estoy queriendo decir que debemos deshacernos de nuestras amistades solo porque sí. Lo importante es no sentirnos obligados. Si hay obligación es que no hay amistad, si puede haber afecto.
Tenemos quienes clasifican la amistad según el grado de afinidad “mi mejor amigo” “mi intima amiga” “no es tan amigo mío”, ello no genera problemas (en principio) en la faz interna, en uno mismo. Pero puede generar rispideces entre los distintos amigos. Alguno podrá sentirse ofendido o dolido al no encajar en la categoría de “mejores” del otro.
Sea cual fuera la postura que encaremos llegamos a la conclusión de que no podemos fácilmente definir la amistad. Algunas personas entonces tienden a flexibilizar sus estándares de amistad y considerar a todos sus amigos. Los que conoce, los que recién conoce y los que no conoce tanto, los que comparten algún momento de la vida o interés común. ¿Está mal? no, cada uno es libre de considerar amigo a quien quiera. El problema radicará en uno mismo ya que al considerar amigos a verdaderos desconocidos nos desilusionamos más fácilmente, simplemente porque no los conocemos lo suficiente. Habíamos idealizado a esa persona, por falta de información.
¿Cómo nos focalizamos ante tantas opciones? Hay tres situaciones que, considero, pueden tenerse en cuenta.
La primera será el conocer al otro, sus virtudes y defectos, sus aspectos positivos y negativos, sin idealizar ni esperar más de lo que pueden darnos.
La segunda serán “las malas”, aquellas que nos acompañan cuando los necesitamos, nos hacen reír hasta en momentos de tragedia, nos dan un abrazo que no necesita explicaciones, nos escuchan o nos distraen solo para sacarnos adelante.
la tercera será “las buenas” cuando uno transita momentos de felicidad, éxitos, logros, progreso, etc. En esas situaciones de la vida es donde los verdaderos amigos se muestran genuinamente felices por el otro. Lo acompañan a la obra porque construyó su casa, preguntan cómo va ese viaje, envían felicitaciones por un logro, brindan por un trabajo nuevo, están presente en la vida de sus hijos, etc.
Los tres puntos planteados es necesario, desde mi punto de vista, que estén presentes. Si no conozco lo suficiente al otro puedo desilusionarme fácilmente. Si no me acompañan en las malas, me sentiré solo por su ausencia y, si no lo hace feliz mi progreso, será más complicado aún. En las malas será más fácil ver el acercamiento, porque mi situación genera empatía. Pero en las buenas pueden surgir elementos tóxicos y dañinos. El peor de ellos será la envidia.
Más allá de cómo clasifiquemos a los amigos hay algo que no podemos explicar: La amistad confluye sentimientos de confianza, química, humor compartido, códigos, poder mostrarse vulnerable, poder reírse de uno mismo, acompañarse, pasar etapas sin verse y sentir como si el tiempo no hubiese pasado. Es uno de los pilares de la vida. Si comparamos la vida con una pirámide, sin dudas la amistad estaría en la cúspide.
Para definir nuestras amistades necesitamos ser libres, sobre todo de culpas y mandatos para así identificarlas y cuidarlas, distinguiendo las personas sanas de las tóxicas.
Como dice la frase popular los amigos son la familia que uno elige



