Muerte en el Cabo

Por Agustín Martinez Plinio

¿Qué hago acá? Fabricio estaba sentado solo sobre las rocas del Cabo Polonio. Miraba el sol, parecía una inmensa bola de fuego rojo que se escondía en el mar. Al instante del anochecer, el faro emitió su primera luz hacia el horizonte. Fabricio estaba en una especie de trance entre el golpeteo de las olas y la luz que tardaba doce segundos en completar su vuelta al faro.

Su viaje lo había llevado a ese inhóspito paraje uruguayo donde solo viven unas cuantas  personas. Allí la electricidad escasea, el agua es racionada y solo las estrellas acompañan la noche, motivo de orgullo de los lugareños.

A sus cuarenta años, Fabricio, no había sido otra cosa más que errático en su vida. El único motivo de orgullo que conservaba era su carrera de policía, que lo había llevado al puesto de detective de homicidios, lugar del que intentaba escapar.

Su mente volvió a la realidad mientras apreciaba la escollera final, repleta de rocas inmensas que se zambullían al mar, era el lugar donde descansaban lobos marinos echados sobre ellas, en lo más alto del risco pedregoso.

Fabricio vio algo que llamó su atención: un color fucsia que refractaba sobre las rocas.

Saltó varias, procurando no caer al mar o, peor, a las olorosas piletas naturales que se formaban en la costa. Vio el cuerpo de una mujer que llevaba puesta una bikini. Por la forma en que tenía la espalda apoyada sobre la roca, no había dudas: estaba muerta.

Miró hacia arriba. El faro, inmenso, de ladrillos marrones, ventanas redondas y cúpula roja y blanca, estaba erguido como un centinela. —¿Se arrojó desde allí o la arrojaron? —pensó, aunque conocía la respuesta.

Fijó la vista en la luz giratoria. No podía distinguir nada, aunque juraría que algo había allí.

El cuerpo de la mujer lo dejó impresionado. Había visto muchos cadáveres en sus veinte años como policía, pero la joven no debía tener más de dieciocho, le apenaba mucho cuando se trataba de personas con una vida por delante.

—¿Se había quitado la vida? ¿La habían empujado? ¿Se había caído?— Recordó las noticias de adolescentes muriendo por sacarse selfies en lugares peligrosos. Quería ayudar pero se sintió solo. La soledad lo carcomía por dentro.

Gritó pidiendo ayuda varias veces.

Finalmente se asomó alguien con un farol en la mano. Pensó que esa escena sería imposible en pleno siglo XXI.

Un anciano se acercó.

—¿Qué ha pasado? —preguntó.

Fabricio señaló el cuerpo.

—Otra vez —dijo el anciano.

—¿Otra vez?

—Sí. No es la primera vez que alguien elige un faro para quitarse la vida. Los faros son para los humanos como el mar, el fuego y el atardecer, escenas de nostalgia. Uno no puede dejar de verlos, apreciarlos o adorarlos y allí radica el problema .

Fabricio negó con la cabeza.

—No creo que sea un suicidio. Por la forma en que ha caído. O tropezó o la empujaron al vacío.

—Vamos, llamemos a la policía.

Entrar en la casa del faro fue como atravesar un portal al pasado. Velas, mantas y una radio desde la que el anciano dio aviso a los guardaparques. Durante la media hora que demoró en llegar la guardia, Fabricio se sentó frente al cadáver, analizando cada detalle.

Cuando vio las luces de la camioneta que llegaba, se acercó.

Una mujer de unos treinta años bajó. Llevaba pantalón verde tiro alto, camisa del mismo color y una insignia dorada que decía “guardaparques del Uruguay”. Tenía el pelo castaño atado en un rodete y grandes ojos color café.

—Soy la oficial Laura Ochoa —dijo, extendiendo la mano.

—Detective Fabricio Maldonado.

—Un detective que encuentra un cuerpo arrojado desde un faro. Casi una película.

—Pensé lo mismo— Fabricio sonrió, le gustaba su sarcasmo.
Observaron el cuerpo en silencio por unos minutos, la oficial Ochoa parecía realmente compungida. Subieron a la cúpula. Las escaleras caracol estaban poco iluminadas. La luz giraba cada doce segundos. Todo estaba calmo y quieto mientras el faro parecía ser el único testigo de la muerte esa noche. Solo encontraron un aro.

—¿Por qué un aro? —preguntó Laura.

—Nos está avisando. No se suicidó. Era su único accesorio. El otro lo tiene puesto. Está pidiendo justicia— Fabricio parecía saber lo que hacía.

Laura lo miró escéptica.

—Ok. Seguiremos esa teoría, el forense viene en camino. ¿Vamos a hacer preguntas?

—¿A dónde?

—A los únicos dos hospedajes que hay. Conozco a los lugareños y sé que ella no era de aquí.

Comenzaron su incómodo camino. En Cabo Polonio las calles son senderos de arena. Las estrellas iluminaban el caminar del dúo investigador. Tocaron la puerta de la primera posada, era precaria. La señora encargada abrió apenas. Laura Ochoa les explicó lo que estaba sucediendo.

—Aquí se hospedan una pareja con su hija de cinco años —les informó—. No han salido. Incluso están cenando en el comedor.

No era allí. Agradecieron y partieron hacia la siguiente. 

Avanzaron por el sendero de arena hasta el hospedaje “La Perla”, el lugar más exclusivo del Cabo Polonio. Un pequeño hotel boutique donde todo estaba decorado con maderas claras y motivos marítimos. Las ventanas daban la sensación de estar enclavadas directamente sobre el mar.

La recepcionista, nerviosa por la hora y las linternas, les indicó que había dos jóvenes hospedadas.

—Me diría sus nombres, por favor —pidió Ochoa.

Los anotó y le hizo un gesto a Fabricio para que la acompañara. Golpearon la primera puerta. Una chica abrió, con el pelo húmedo y un buzo grande.

—Estefanía Chávez —dijo Laura.

—Sí… soy yo.

—Estamos buscando a una joven de su edad, castaña, que llevaba una bikini fucsia la última vez que fue vista.

Estefanía frunció el ceño.

—¿La última vez? Pero si vi a Josefina hace no más de dos horas.

Fabricio dio un paso al frente. Laura anotó el nombre de la victima.

—¿Sabe a dónde fue?

—Me dijo que iba a ver el atardecer desde el faro. Venía de la playa, pasó a buscar una etiqueta de cigarrillos que le debía al guardián para que la dejara pasar.

Hubo Silencio.

—¿Tengo que preocuparme? —preguntó Estefanía, con la voz quebrándose.

Laura sostuvo su mirada.

—Lamentablemente la hemos encontrado muerta en los acantilados. Todavía no hemos descartado un suicidio.

Estefanía se llevó las manos a la boca.

—No… no puede ser. Estuvimos charlando. Me habló de sus proyectos, se iba a vivir a Europa… parecía feliz.

Fabricio sintió el peso de esa frase.

—Lo siento —dijo Laura con suavidad—. Vamos a pedirle que se quede en la habitación y que cierre con llave hasta nuevo aviso.

La puerta se cerró despacio. En el pasillo solo quedó el sonido del mar golpeando contra las rocas.

En segundos, mientras Laura y Fabricio comentaban lo sucedido los habitantes de Polonio aparecieron en masa. Laura habló con ellos para tranquilizarlos  y contó la cantidad.

—Tenemos un problema —dijo Laura—. No hay nadie más alojado.

Recontaron: cuarenta lugareños, cuatro turistas, una fallecida, un desaparecido.

—¡Oficial! —gritó un hombre de rastas canosas y torso desnudo—. Felipe también está, estamos todos . Se pasó un poco con los tragos esta tarde y está durmiendo.

—Ok, volvemos a foja cero, entonces.

Ambos dedicaron la noche a recorrer casa por casa. El pueblo estaba cerrado al público.

Con las primeras luces del amanecer, la esperanza parecía perdida.

—Volvamos a ver el cuerpo —dijo Fabricio—. La luz del sol puede darnos nuevas perspectivas. Sigo pensando por qué alguien la mataría. Dinero no tenía, no conocía a nadie. Ningún lugareño parece tener un motivo, no hay sospechosos. Es un lugar cerrado: nadie entra, nadie sale. De noche hay patrulleros por los bosques.

A Fabricio le hubiera gustado tener más respuestas, sobre todo para impresionar a Laura.

El cuerpo forense ya había llegado y habían armado un perímetro. Ambos presentaron sus credenciales y los dejaron entrar. Saltaron las rocas hasta la escena del crimen. Fabricio pidió un par de guantes e hizo un examen más detallado.

—No noté algo —dijo, pensativo.

—¿Los anillos?— Contestó Laura.

—Exacto. ¿Quién usa anillos en todos los dedos menos en el anular izquierdo?

—¿Alguien divorciado o con un compromiso roto?

—Así es. Vamos a hablar con la vecina.

En cuestión de minutos, tocaron la puerta de Estefanía, que abrió aterrada.

—¿Algún avance?

—Eso creemos. Queremos recordar sus conversaciones. Dijo que se iba a vivir a Europa, si mal no lo recuerdo.

—Sí.

—¿Dijo por qué?

—Sí, para empezar de nuevo.

—¿Empezar de nuevo?

—Parece que su ex era muy tóxico. Por eso vino al Cabo, para despejarse. Incluso dejó su celular.

Fabricio miró a Laura.

—Eso necesitábamos saber. Mantente en la habitación cerrada hasta nuevo aviso.

—Gracias.

Caminaron unos metros.

—Es el crimen perfecto —dijo Laura—. Matar donde solo hay un reducido número de sospechosos. Si no prueban que es uno de ellos, no prueban nada.

Fabricio quedó pensativo. Se sentaron en la galería del hotel y pidieron un desayuno. Les sirvieron una tetera entera de café, con croissants y huevos poché. El sol recién asomaba sobre un mar que expulsaba bruma matutina mientras discutían posibilidades.

—Tengo una teoría. Acompáñame.

Caminaron sobre el risco y se escondieron detrás de una roca.

—¿Qué hacemos acá?

—Tu idea del crimen perfecto. Si el ingreso y el egreso son controlados de día y por las noches los bosques están patrullados, entonces tiene que escaparse de día, salir del pueblo por los bosques.

—¿Pero dónde se escondió? Revisamos todas las casas.

—En el faro.

—Exacto. En el faro. Tiene miles de salas, pasadizos, maquinarias.

Durante las dos horas siguientes se la pasaron conversando sobre sus vidas, sus logros y sus crisis. Las horas pasaron sin novedades hasta que, por una pequeña puerta trasera, asomó un hombre. Vestía traje de baño y ojotas. Llevaba una mochila de muchos colores. Quería mimetizarse con la gente, con la onda del lugar.

Fabricio apuntó con el arma a su espalda.

—Date vuelta, cobarde.

El joven giró, sorprendido. Antes de que pudiera hablar, Laura ya lo tenía esposado.

—¿Te creíste valiente empujando a una mujer al vacío? Ella fue más inteligente y logró darnos aviso. Ahora te queda una vida entera en la cárcel.

Laura le dio una patada en los genitales y el joven gritó de dolor.

El crimen estaba resuelto.

Ambos caminaron hacia la camioneta. Laura le ofreció a Fabricio llevarlo hasta el ingreso al parque.

—Bueno, me voy sin resolver mi crisis existencial —dijo él.

—¿Te parece? A mí no me caben dudas de tu vocación de detective.

Él se quedó mudo.

—Quizás no es correcto preguntarse ¿quién soy? sino ¿dónde estoy? y, sobre todo, ¿con quién lo estoy compartiendo?.

Ella le guiñó el ojo derecho.

—Parece que me dejaste sin palabras.

—Cuando quieras, acá siempre necesitamos gente que nos acompañe.

Él cerró la puerta y sonrió. Encendió un cigarrillo. 

A veces las respuestas llegan de la manera más inesperada.

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