— ¿Por qué lloras, papá?.
— Creo que por nostalgia, por los años vividos. Cuando llegas a mi edad no escapas de hacer un balance del pasado.
Antonio hablaba entrecortado por su dialecto originario, tenía sus ojos azules vidriosos, pequeñas lágrimas se deslizaban a través de su cara. Sus arrugas y marcas de expresión mostraban el paso de los años en su rostro.
Sentado en la mesa del comedor, Gianni, su hijo, preparaba dos copones de spritz. El atardecer se dejaba ver por la ventana, el cielo estaba despejado. Lo miraba mientras descorchaba un prosecco di conegliano, el suave burbujeo podía oírse rompiendo el silencio del momento.
— Puedo decir que has tenido una vida plena — Dijo Gianni — deberías estar agradecido más que nostálgico. ¿No te parece?.
— He tenido una vida maravillosa, pero una vida en desarraigo. Esa carga no se quita, ni aunque pase una vida entera, te lo digo con conocimiento de causa.
— ¿Hablas de tu pasado Italiano? — preguntó Gianni confundido.
— Ahí está tu error. Yo no tengo un pasado italiano. Yo soy italiano, hablas como si hubiera dejado de serlo. — Antonio estaba especialmente sensible esa tarde.
— Lo entiendo papá, pero también sos argentino. Tu vida entera está en estas calles.
— Si, es una sensación difícil de explicar. Solo quien lo vive puede transmitirlo. — Antonio se desilusionó al no lograr comprensión.
— Contame qué es lo que más nostalgia te genera. Quizás así pueda entenderte mejor.
Gianni vio cómo se iluminaban los ojos de su padre, deseoso de contar sus vivencias.
— Lo que voy a contarte no es un cuento ni una fábula, es real. Así era: Las mañanas en el borgo eran idílicas, difíciles de describir, casi mágicas. Temprano podía verse a través de las ventanas con toldo a las enredaderas, mojadas por el rocío, envolviendo las fachadas de las casas con techos de tejas a dos aguas. Sin importar que dia de la semana fuera, Alfreda si svegliaba casi al alba. Ella era nuestra vecina, nunca supimos su edad pero los años pasaban y ella seguía siendo la anciana Alfreda que todas las mañanas arreglaba su huerta. Salíamos a jugar alrededor de las casas y jardines contiguos, cada vecino tenía una manía o un sobrenombre, era todo tan familiar, el mundo fuera del borgo parecía lejano e innecesario, ahí lo teníamos todo: La familia, los amigos, los vecinos, los escondites, il pandoro listo para comer en la mochila, el arroyo, los cerezos, las calles de ripio. El Veneto realmente podía ser el sueño de todo niño. Las bajadas en bicicleta eran interminables, con el viento que pegaba en nuestras caras enseñándonos el significado de la libertad. El horizonte mostraba viñedos de un verde casi fosforescente y montañas, muchas montañas con picos nevados. Las torres y campanarios medievales de los pueblos de alrededor le daban una épica especial. Cada templo, cada iglesia, tenía una historia detrás, algunas reales, otras no tanto. Todo estaba empapado de mística y tradición.
— Que lindo lo que contas papá, nunca te había escuchado relatarlo con tanta profundidad.
— Me he dado cuenta que me preocupa que todo lo vivido quede en el olvido. Hay sensaciones y tradiciones que solo pueden ser enseñadas con el ejemplo. ¿Qué pasará cuando los últimos de mi generación exiliada ya no estemos? No sé si hemos logrado respetar y pasar los legados de tan lindos valores y costumbres. ¿Qué pasará con los días de passata?, la familia alrededor de la mesa haciendo algo tan mundano y tan maravilloso, riendo, discutiendo, compartiendo pesares y victorias. Los festivales, los domingos con i nonni. Perdón hijo, estoy haciéndote parte de un pesar que no es tuyo.
— ¿No lo notas papá? todo lo que estás contando es lo que has pasado una vida transmitiendo, sin darte cuenta. Hoy tus hijos y nietos te acompañan y respetan. Aman compartir la mesa con ustedes, sus historias y disfrutar sus comidas. Mis propios hijos cuando tienen un mediodía libre prefieren venir a comer con i nonni. ¿No es eso justamente de lo que se trata? tu infancia, tus valores y tus costumbres han sido tan importantes que marcaron las generaciones venideras. Habrá cuestiones que se pierdan, claro. Pero las importantes quedarán y así ha sido con los italianos alrededor del mundo, no tengas dudas.
Antonio miró a su hijo rebosando de orgullo, no podía hacer otra cosa más que darle la razón. Una lágrima irrumpió nuevamente, esta vez no era de nostalgia sino de felicidad, de sentir que la tarea de una vida había sido cumplida. Alzó su copón.
— Salute. — Dijeron padre e hijo al unísono.



