Una historia introspectiva, con el mar de fondo.
El mar se mostraba especialmente sereno esa tarde. Gaspar estaba fuera de sí cuando lo vió a través de las grandes dunas. Se desató los cordones de sus zapatos marrones lustrados y caminó descalzo. Cuando tocó la arena notó que estaba fresca, la brisa del mar le había ganado al sol y ya no hacía calor. Hizo un movimiento con los dedos de los pies, como si estuviera agarrando algo, la arena parecía talco de caracol.
Caminó despacio mientras se enterraba un poco a cada paso que daba, es incómodo caminar en la playa. Se sentó mirando directo al mar, necesitaba un poco de paz, el día no había sido muy amigable con él. Al minuto ya estaba enfocado en el gigantesco paisaje que tenía enfrente.
— ¿Qué te hace especial? — le preguntó al mar, pero este no respondió.
— ¿Cómo hará para causar semejante efecto?— Se preguntó.
El azul verdoso que se entremezclaba en el horizonte con el cielo celeste no dejaba concentrarse en otra cosa más que en mirarlo. Necesitaba frenar con el estado de nervios que lo atormentaba.
Cerró los ojos y se limitó a escuchar el golpeteo de las olas. Al instante le seguía ese sonido marítimo que solo puede proporcionar la espuma al quedar en la orilla.
Realmente logró distraerse, el mar le había robado una sonrisa.
Miró alrededor, pensó que no conocía muchos ámbitos donde encontrar a la gente tan distendida. Padres y madres jugando con sus hijos, niños cavando un pozo para enterrar un cangrejo víctima de su persecución, un surfista mirando las olas cual si estuviese haciendo cálculos, una señora leyendo un libro, el bañero en pose como si lo estuvieran filmando, un anciano sentado bajo su sombrilla con la vista fija al mar, probablemente inmerso en sus propios desconciertos. Esa gente no se conoce, pero se aglomera con un solo objetivo, valerse del mar.
Gaspar aprovechó los minutos de paz para analizar el porqué de su estrés. Tan solo una hora antes había tenido una especie de brote en su lugar de trabajo, enojado con sus empleados y colaboradores. Hasta los había tratado de inútiles. ¿Acaso un arquitecto no puede delegar nada? Los diseños, las obras, los clientes, los proveedores, los problemas, las llamadas, los mensajes y los gastos lo habían llevado al punto del colapso. Todo se había transformado en un tsunami que no parecía ceder.
¿Qué estaré haciendo mal? se preguntó. ¿Qué responsabilidad tiene el resto de mis frustraciones? la ira se había transformado en culpa y enojo consigo mismo.
Cumplir cuarenta y dos años no tenía nada de especial, pero para Gaspar había significado un replanteo de su vida entera, se sentía a la mitad del camino, con suerte.
Los interrogantes no distaban de ser comunes, aunque ello no los hacía menos tortuosos. ¿Estoy conforme con mi trabajo? ¿Esto es lo que realmente quiero hacer? ¿Puedo largar todo y empezar de cero a esta edad? nunca había sentido total satisfacción por su profesión, pero siempre había servido de sustento. No hizo falta hacerse tantas preguntas.
— Odio las preguntas — Pensó. Una vez que están dentro de nuestra mente pueden perseguirnos como un cazador a su presa.
El sol empezó a esconderse en el mar mostrando el inicio del atardecer. Los colores azules, rosados y amarillos conmovían a cualquiera. Gaspar sintió que le caía una lágrima por la mejilla. — estupido yo— pensó. A esta edad llorando al ver un atardecer.
Centró su mirada por unos segundos en sus pies. Vió la comparativa que tanto lo afligía. Sus pies libres, en la arena, apretando y soltando con los dedos. Seguidos de un pantalón largo formal que representaba sus ataduras a la vida de señor maduro.
Ya estaba por anochecer, el reflejo del sol que se despedía encandilaba al punto de no poder mirar directo hacia el mar. Se paró y corrió hacia el agua. El zambullido lo hizo chocar con la primera ola, después enfrentó la segunda, se sentía un niño. El pantalón y la camisa mojada parecían no importarle mientras el agua helada lo hacía sentir más vivo que nunca.
Salió del agua empapado en una sensación de renacer, como si se tratara de un ave fénix. Sabía que alguna decisión iba a tomar respecto a su vida.
¿Qué tendrá el mar? volvió a preguntarse. En menos de una hora lo había sacado de su brote, lo había calmado, lo había puesto nostálgico y lo había recargado de las energías suficientes para volver a empezar.
— ¿Cómo lo hiciste?— le preguntó.
El mar respondió con una tenue brisa.
— Gracias — dijo Gaspar y se retiró sin buscar sus zapatos marrones lustrados.



